Ceguera política ante la intolerancia

El pasado jueves una familia marroquí, que descansaba frente a la puerta de su casa en un barrio de Lorca, fue agredida por tres jóvenes que proferían gritos racistas y apedrearon la vivienda. Pedro Sosa, portavoz de IU en ese Ayuntamiento, que acudió al lugar de los hechos a requerimiento de los vecinos (y que inútilmente avisaron también a la Policía Local), también fue agredido con palos y piedras sufriendo lesiones diversas. Un ataque xenófobo y fascista en toda regla.

No sorprende que la portavoz de Vox en el consistorio lorquino, Carmen Menduiña, tergiversara enseguida los hechos para arrimar el ascua a su ideología política afirmando que se trataba de «una ocupación de una casa por unos musulmanes y una familia de etnia gitana que querían que les devolvieran su casa», como si estuviera justificado en tal caso que el lenguaje utilizado fueran insultos xenófobos y racistas, piedras y palos.

Ha tenido que comparecer de nuevo en rueda de prensa Pedro Sosa, contrato de alquiler en mano, para desmontar las falsedades que intentan situar a los agredidos, familia y concejal, como los culpables de la situación. No son okupas, ha tenido que repetir, sino una familia trabajadora cuyos padres se levantan a las cuatro de la mañana para ir a ganar el sustento de sus hijos, los cuales acuden desde hace años a colegios y e institutos de la localidad y ahora están aterrorizados.

Pero lo verdaderamente sorprendente es que el alcalde de Lorca, Diego José Mateos, echara mano de la misma explicación, insinuado además la culpabilidad de Pedro en los hechos ocurridos por no haber secundado en su momento la propuesta de instalación de un cuartelillo de la Policía Local en el barrio. Y todavía más sorprendente es que ni la delegación del Gobierno ni ningún partido político a nivel regional, salvo Podemos y Equo, hayan emitido reacción alguna condenando los hechos.

Me preocupa la ceguera política de algunos ante manifestaciones de violencia surgidas del aliento continuo de una espiral de odio e intolerancia que impregna, de manera nada sutil, nuestro día a día cada vez con mayor intensidad. Ojalá no se haga realidad la sentencia del famoso poema de Martin Niemöler: Ahora vienen a por los comunistas y los inmigrantes, y no dije nada porque no soy comunista ni inmigrante. Luego vendrán por mí y ya no quedará nadie que diga nada.

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