La cultura del candado

Increíble: la Concejalía de Desarrollo Urbano ha declarado la cancelación de la autogestión participativa del Huerto Urbano de Santa Eulalia.

Interrumpimos la programación. Hoy no va a ir la cosa de cultura popular en las plataformas de ‘streaming’. Este domingo os quería contar lo que está sucediendo con otro espacio, muy diferente, dedicado a la cultura y a la agricultura popular. Hoy toca la movida del HuertoLab. El Huerto Urbano de Santa Eulalia, por si no habéis pasado, es probablemente la dotación cultural más pequeña (357m2) del municipio, fruto del convenio entre el Ayuntamiento y la propietaria de un solar en pleno centro del barrio, para ser equipado como huertos de ocio y espacio verde en el distrito con menos árboles de la ciudad. Se puso en marcha dentro del proyecto ADNUrbano, que es algo que si vivís en la capital del Segura es imposible que no hayáis oído mil veces: dinero que vino de Europa para la rehabilitación de barrios y que se quedó en Sta. Eulalia, La Paz y El Carmen, bajo la premisa del fomento de la participación ciudadana.

Y vaya si se aireó, lo de la modernización, la dinamización y la participación ciudadana. Desde 2017, de cada tres palabras que le oíamos al alcalde Ballesta y a la concejal Rebeca Pérez, una pertenecía a este repertorio, tan intensito como mágico, que nos estaba acercando a Europa a golpe de encantamiento. Había que llenar las plazas de gente cual 15M ‘light’, o sea sin Quechuas, ¡y que los vecinos hablaran! Era un idilio, digamos, preelectoral, el del PP municipal con la participación. Tanto, que casi se gastaba más dinero en publicitar las actuaciones con banderolas, tótems y cartelería de todo tipo que en las actuaciones en sí. Pero el Huerto coló. Un espacio autogestionado por los vecinos, a la europea, un lugar donde convivían hipsters y estudiantes de Letras con ‘señorucos’ que echaban la tarde plantando bajocas. Un lugar donde se celebraban desde fiestas de cumpleaños hasta conciertos, pasando por presentaciones institucionales del Ayuntamiento o mercadillos, tan fácil de usar como entrar por la puerta y coordinarse con los vecinos. Una miniágora de barrio con un grupillo muy activo de aficionados a la agricultura y a la cultura de base, capaz de encargarse hasta de la limpieza del espacio o del mantenimiento de los WC portátiles.

Pero cambiaron los vientos. Pasadas las elecciones, el ADNUrbano perdió fuelle como fetiche municipal, y la participación ya no era el ‘ábrete sésamo’ de la Glorieta. En primavera de este año le tocó al concejal Pacheco (Cultura) auspiciar otro encuentro en el Huerto, para anunciar una nueva fase ya menos colorida del proyecto, y a la reunión ya solo se invitó a un puñado de organizaciones amigas (por supuesto ni rastro de los vecinos habituales del Huerto), que aprovecharon para pedir la llave del espacio.

Vecinos contra vecinos

La toma de la huertecilla (perdón) definitiva se produce hace apenas dos semanas, el 26 de octubre: el concejal Guillén, titular de Desarrollo Urbano y Modernización de la Administración (sic), rodeado de sus asociaciones partidarias, declara la cancelación de la autogestión participativa del Huerto, coloca un robusto candado de marca Niza en la valla y le entrega la llave a la Policía Local.

Desde ese día, el horario en que los vecinos pueden entrar al Huerto es una lotería. La tradicional reunión de los jueves por la tarde para organizar las tareas hortícolas se ha encontrado ya dos veces con el candado echado. El barrio ha montado una campaña, #HuertoLibre, para pedir que se devuelva la autogestión, mientras los partidarios del concejal Guillén multiplican las acusaciones contra los primeros. La nueva asociación de vecinos a la que el Ayuntamiento ha puesto a cargo de la coordinación no figura ni en internet ni en el Registro de Asociaciones de la CARM, y se desconoce su dirección física, según el vecindario, así que solo existe en ‘Insta’. Y la pregunta es: ‘¿Se puede hacer peor?’. Mejor: ‘¿Para qué todo esto?’. ¿Qué mal hacían los vecinos encargándose del espacio que les confió el propio Ayuntamiento? ¿En qué se equivocaron? ¿Qué sentido tiene enfrentar a unos vecinos con otros, suspender la filosofía participativa del proyecto ADN, arrebatar las responsabilidades y poner candados sin ni siquiera sentarse a hablar con el barrio? ¿En qué quedaron las grandes palabras de hace tan solo tres años? ¿Será que entienden tanto de democracia participativa como yo de motos? La cosa es que yo las vendo, las motos.

Al final, estas políticas culturales del candado no sirven para otra cosa que para extender la sospecha sobre nuestros mandantes, que parecen desconfiar de un grupo de vecinos haciendo cosas como los globos de los alfileres. ¿Cuál será la intrahistoria de esta vergonzosa decisión? ¿Qué peligro habrán percibido entre los calabacines y las tomateras?

Al final, el riesgo muy real de que todo acabe fatal en HuertoLab no es una revuelta popular en la valla para que el pueblo pueda entrar a regar las patatas, sino el abandono. Como tantas infraestructuras culturales murcianas, nuevas y viejas, desconectadas del vecindario, infrautilizadas, vacías, aburridas y oscuras. Caras de mantener, también, ineficientes, sin proyecto ni dinamización, que es –no nos engañemos– la auténtica riqueza que tiene el HuertoLab: los vecinos que lo cuidan y lo llenan de vida y de actividades. Pero eso sí, con la llave del candado, siempre, en las manos adecuadas. Queremos un #HuertoLibre, señores de la Glorieta, pijo ya.

Fuente:laverdad.es

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